
Entrada a Sana'a
El día empieza pronto en Sana’a, la capital de la República del Yemen unificado por penúltima vez en 1990. Cuando despuntan los primeros rayos de sol la llamada a la oración del muecín resuena por todos los rincones de la ciudad gracias a los altavoces instalados en lo alto de los minaretes que pueblan esta antigua metrópoli. Una concesión a la modernidad con puros fines religiosos que a lo largo de la jornada marca, además, los horarios de la vida diaria. Sana’a se divide en dos partes: la que merece una visita y la que no. La primera es la Ciudad Antigua, patrimonio de la humanidad desde 1986, en la que se concentran las torres vivienda que la han hecho mundialmente famosa. La segunda es útil ya que en ella están las agencias de viajes, los bancos, las embajadas, la Universidad, el Club de Oficiales y Russian Club, el único “pub” en el que podremos tomar una copa y bailar y que recuerda a un chiringuito de un camping de Oropesa.
Ciudad antigua de Sana’a
Según la tradición arábiga yemení, y la Guía Azul de viajes que habla del país, Sem, el hijo mayor de Noé, fundó Sana’a nada más retirarse las aguas del Diluvio Universal aunque en pleno siglo XXI no queda constancia de que esto fuera así. Si recuerdan los sananíes el Palacio Ghumdan, una torre de 20 pisos de altura que puede ser considerada uno de los primeros rascacielos construidos en la península arábiga y que debió servir de modelo para las casas en las que se sigue viviendo y que constituyen una de las características de la vieja Sana’a y objetivo de las cámaras de los turistas. Poco duró el Palacio y una lujosa catedral cristiana, conocida como Qalis, que se construyño a mediados del siglo VI. La conversión al islam de un gobernante yemení y la de todos sus gobernados en el año sexto (628 a.c.) de la Hégira provocó que los dos edificios fueran destruidos y sus materiales utilizados en la erección de la Gran Mezquita de la ciudad y orgullo de los yemeníes. Según cuentan su diseño fue obra del propio Mahoma que tenía ciertos lazos con la ciudad ya que su abuelo fue enterrado en ella y su padre viajó en alguna que otra ocasión hasta aquí desde la Meca. En estos momentos un grupo de restauradores italianos trabaja en la recuperación de parte de los artesonados del templo aunque no está muy claro durante cuanto tiempo ya que se trata de cristianos que trabajan en un lugar en el que los no musulmanes tiene prohibida la entrada y, según parece, el muecín no está muy contento por ello e intenta que los extranjeros abandonen su mezquita. En cualquier paseo por la ciudad pasaremos junto a sus muros en los que se agolpan los mendigos, vendedores de fruta o libros y ociosos en general que charlan a la sombra esperando el momento de entrar a rezar.
La puerta “oficial” para acceder a la ciudad antigua es “Bab al Yemen”, la única puerta que permanece en pie de las seis que hasta hace pocos años tuvo la ciudad y que en la década de los 60 se cerraban por la noche para volver a abrirse al amanecer. Un oportuno mirador-galería de arte abierto donde antes hacían guardia los soldados permite ver una bonita estampa de la ciudad con sus famosas torres vivienda. Construidas en piedra y adobe se trata de verdaderos rascacielos de hasta siete y ocho pisos en el que viven varias generaciones de una familia yemení. La arquitectura tradicional exige una pequeña entrada para la casa que se abre a un zaguán en el que se descalzan todos los que entran en la casa. Una empinada escalera nos conducirá por diferentes pisos en los que están la cocina, las habitaciones, varios salones para que el recibir invitados pueda hacerse separando a hombres y mujeres sin problemas, aseos en varias plantas y en lo alto de la vivienda el mafragh, o habitación en la que los hombres de la casa y sus amigos se encierran a mascar el qat por las tardes.
Desde Bab al Yemen también veremos el trajín constante de los habitantes de Sana’a desde que despunta el día que se afanan en vender de todo, comprar de todo y saludar al extranjero con amabilidad para interesarse de donde es, de que equipo de fútbol, si está casado (y cuantos hijos tiene en caso de que sea así) y, por último y más importante, si es o no musulmán. En caso de no serlo en algún momento de nuestro paseo por la ciudad alguien intentará enseñarnos el camino del paraíso aludiendo a los vínculos entre el Cristianismo y el Islam. Eso será luego, ahora perdámonos por los zocos de Sana’a que constituyen el corazón de la ciudad.
Agrupados bajo el nombre de Suq al Milh, zoco de la sal, conviven más de 40 zocos diferentes divididos por gremios en un laberinto de calles en el que sin duda nos perderemos. Contrariamente a otros países árabes más modernos en los que los zocos han quedado relegados a parques turísticos aquí son los lugares donde los propios yemeníes realizan sus compras diarias por lo que en un paseo por uno de ellos compartiremos espacio y modestos regateos con los vecinos de la ciudad que en más de una ocasión nos ayudarán a ajustar un precio conveniente. En una visita al Suq al Milh pasaremos por el oloroso zoco de las especias, el de los plateros, los anticuarios, los fabricantes de pipas de agua, el de las alfombras, el de ropa y telas multicolores para vestidos y decorar la casa. También hay de cuerdas, cacharros de cocina, burros, teléfonos móviles o dátiles sin olvidar el zoco del qat (la droga nacional) y el de las jambias. En este último trabajan los fabricantes del cuchillo tradicional yemení que lucen con orgullo niños y mayores sujeto a gruesos cinturones y cuya función principal es poner de manifiesto la posición social de su poseedor y servir de asa de la que colgar la bolsa de la compra que en el caso de un varón yemení es lo mismo que decir la bolsa del qat. La calidad del mango de la jambia pone de manifiesto esa posición social ya que están construidos en madera, cuerno de vaca, toro, gacela y hasta rinoceronte siendo estos los más caros pudiendo costar varios miles de dólares siendo un privilegio de los Sheiks (jefes de los clanes en los que se divide el país).
A medio día se escucha de nuevo la voz del muecín reclamando a los fieles musulmanes para la oración. Es casi la hora de comer y Suq al Milh es un buen lugar para degustar la gastronomía yemení codo con codo, y nunca mejor dicho, con los propios paisanos siempre y cuando no seamos excesivamente escrupulosos con la higiene. Varios buenos restaurantes de “salta” abren sus puertas aquí. La salta, considerado el plato nacional y que nos preparará para lo que sigue después en un típico día yemení, es un guiso cocinado a “fuego vivo” que los camareros traerán hirviendo a nuestra mesa con el peligro de que los dedos se nos queden pegados en el recipiente en caso de tocarlo. La misión del comensal es ir pescando con trozos de pan el contenido del potaje en el que “saltan” arroz, algo de carne, varias verduras y una especie de sopa espesa conocida como “hulba” que da el toque definitivo al plato. Se trata de un guiso muy rico, nutritivo y económico (una ración supone 1€) que prepara el estómago para la sesión de qat subsiguiente. Hay que destacar que los yemeníes no se andan con remilgos a la hora de comer. Para ellos se trata de un trámite que hay que resolver para pasar a ocuparse de asuntos más importantes por lo que engullen rápidamente lo que se les presenta normalmente muy caliente y muy especiado salpicando su ingesta con eructos variados por los que darán gracias a Allah.

Edificios de la ciudad antigua
La pausa del qat
Pasado el mediodía y una vez que han comido la mayoría de los yemeníes se entregan al qat. Durante las horas de más calor, como si de una siesta veraniega castellana se tratara, la ciudad antigua cierra sus puertas y los habitantes se Sana’a se dedican a mascar hojas de este arbusto de propiedades narcóticas. Antes han pasado por el zoco del qat, visita diaria obligada y uno de los puntos con más trajín al mediodía. Aquí, tras un duro regateo, compran las hojas de qat que han de consumirse frescas en bolsas de plástico que abandonarán en cualquier esquina al terminar la sesión. Esta puede celebrarse en cualquier sitio. En la tienda donde trabajan, la calle y, sobre todo, en los mafragh, habitaciones especialmente habilitadas para ello en lo alto de las viviendas sananíes con excelentes vistas sobre toda la ciudad. Allí se reúnen los amigos para charlar mientras introducen las hojas del qat en la boca y las acumulan en uno de los carrillos. Poco a poco la bola va tomando volumen y la conversación fluye entre los asistentes. A medida que avanza la tarde y la bola de hojas mascadas alcanza proporciones prodigiosas la charla decae mientras que los participantes van cayendo en un ensimismamiento con el que se pone fin a la sesión y que explica la apatía que embarga al país las últimas horas de la tarde. Los yemeníes defienden el qat asegurando que les ayuda a concentrarse, estar alerta, trabajar más, les da energía y vigor sexual. Quizá por ello se entregan alegres a este pasatiempo que, sobre todo, les permite pasar unas agradables horas con los amigos fomentando las relaciones sociales. El profano no encuentra tantas virtudes al producto y si el qat que consume no es de buena calidad lo único que logrará será sentirse bastante cansado tras una sesión y cierto estreñimiento que cortará mágicamente la temida “diarrea del viajero”, un efecto secundario bastante más útil que los supuestos efectos principales de esta droga.
Originario de Etiopía, el qat encontró en Yemen un clima apropiado para su cultivo y hoy día, debido a la enorme demanda del producto, ha sustituido en muchas zonas a los árboles frutales y otras especies hortícola menos rentables. Para las economías domésticas la compra del qat puede suponer un gasto considerable llegando a emplear los más adictos hasta la mitad de sus ingresos anuales. Desde el gobierno se hacen intentan que el país deje el qat y hace años el presidente semivitalicio del país anunció que el solo masticaba los viernes en un intento de ser imitado al que los yemeníes no han hecho mucho caso.

Vendedor de pipas de agua
Las mujeres invisibles
En Sana’a hay mujeres. La prueba de esto son los muchos niños que hay por sus calles y que tienen que haber salido de algún sitio pero la estricta tradición islámica que se observa en Sana’a hará imposible para los varones encontrarse cara a cara con ellas. Cuando salen a la calle cubren su cuerpo con un negro shador que las cubre de la cabeza a los pies dejando solo visibles los ojos que, en ocasiones, también ocultan con un velo que obliga a su usuaria a contemplar su entorno a través del tejido. Debajo del mismo es posible vislumbrar pantalones vaqueros o imaginar, como hacen los sananíes, sugerentes escotes, faldas multicolores o atrevidos modelos que exhiben las tiendas de moda de la ciudad. Para los extranjeros, como apunta el autor de la Guía Azul, es un misterio como los niños reconocen a sus madres, pero el caso es que lo hacen así como los mayores saben si debajo de la túnica se esconde una mujer joven o mayor fijándose en su modo de caminar.
Al visitar una casa yemení tampoco tendremos ocasión de encontrarnos con mujeres aunque sean estas hermanas de nuestros amigos. Para alertarlas de la presencia de un varón extraño es necesario, al subir y bajar por las torres viviendas, esperar unos segundos en casa piso mientras decimos a viva voz “Allah, allah” antes de continuar. Si hay mujeres en las proximidades oiremos rápidos ruidos de pasos y portazos de las más rezagadas que corren a esconderse a nuestro paso. A pesar de ello las más jóvenes tienen su punto de descaro y al cruzarse con otros jóvenes en la calle son capaces de mirar directamente a los ojos de estos hasta que ellos retiran la mirada en un juego que los mayores no ven bien pero que no es sino la extensión de las peleas que mantienen en la infancia niños y niñas hasta que estas se ven obligadas a cubrirse.
Ante esta situación cabe preguntarse como se conocen los hombres y las mujeres en este país para después traer al mundo media docena de niños. La respuesta es muy sencilla, no se conocen hasta la noche de su boda. Son los padres o responsables de los contrayentes quienes ajustan el acuerdo por el que sus retoños formarán una nueva familia. En la transacción el novio tendrá que pagar cierta cantidad de dinero por su esposa. Un dinero que ella guardará como reserva en caso de que su marido se divorcie de ella. Por cierto que una boda sananí es uno de los acontecimientos más aburridos que uno pueda imaginar. Como es natural los sexos la celebran por separado y mientras las mujeres lo hacen en la casa de la novia los hombres se agolpan en grandes carpas en las que consumen qat durante horas. Un cantante provisto del tradicional laud yemení ameniza la sesión con largas canciones en las que se habla, irremediablemente, de amor.
Al caer la noche en Sana’a nuevamente el muecín llama a la oración. En las casas de Sana’a empiezan a encenderse las luces que brillan hacia el exterior con los vivos colores de sus celosías características. Una buena idea para cerrar una jornada turística es acudir a la terraza de alguno de los hoteles de la ciudad antigua y contemplar la puesta de sol disfrutando de una tranquila pipa de agua tras el ajetreo del zoco, la experiencia de un plato de “salta” o las emociones que nos ha deparado enfrentarnos con el qat y por lo que a esta hora seguimos escupiendo verdes trocitos de hojas de la boca. Y mientras lo hacemos el ajetreo continua unas decenas de metros más abajo. Algunos yemeníes acuden a rezar, otros se apresuran a tomar una taza de té con leche tras haberse deshecho de la bola de qat que llevan masticando varias horas, algunos van a realizar las compras del día y los niños estarán invariablemente pegándose o jugando al fútbol. Aspectos cotidianos de una ciudad milenaria a la que no apetece integrarse del todo en el siglo XXI y se encuentra más cómoda con el ritmo de vida que ha llevado durante siglos.

Aspecto del zoco de Sana'a