Cada vez más se impone la obsesión por la velocidad y parece que ir deprisa es sinónimo de progreso y de bienestar. Lo que importa es que el ciudadano vaya más veloz y tarde menos tiempo en desplazarse por un territorio, no importa si merece la pena dirigirse a algún sitio. Todos quieren que la Alta Velocidad con mayúscula, un AVE de paso en la mayoría de las ocasiones, pase cerca de su pueblo aunque esto conlleve relegar al olvido el tren tradicional que servía para llevarnos de un lugar a otro a un coste razonable. La velocidad en la carretera es otro de los mitos que han conseguido meter en la cabeza a mucha gente; cualquier comarca suspira por su vía rápida cuanto no por una suntuosa autovía como receta mágica para el desarrollo sin pararse a pensar que tan deprisa como se llega a un lugar se huye de él. Donde antes los viajeros hacían noche durante el trayecto o en el destino, ahora reconvertidos a la categoría de turistas, tan sólo se paran a hacer unas rápidas fotos ya que es posible regresar a toda velocidad al lugar de origen en el mismo día. La palabra de “tercermundista” para un trayecto en el que no se pueda circular a más de 100 kilómetros por hora está en la boca de cualquier airado conductor que exige de manera insaciable que le pongan un tercer, cuarto... o quinto carril para poder llegar unos minutos antes a su destino. Cualquier curva susceptible de demorar unos segundos el tiempo del trayecto debe ser desterrada en aras de la diosa velocidad aunque casi siempre la curva sea bella y la recta de notable fealdad. No importa que se alteren los parajes más atractivos en esta carrera por llegar cuanto antes a no se sabe muy bien que meta. Al fin y al cabo, cuanto más veloces vamos, menos podemos apreciar el entorno que nos rodea y menos importancia daremos al impacto provocado en esta huida hacia adelante. Es curioso que siendo el exceso de velocidad la principal causa de muertes en la carretera eso no sea obstáculo para que cada vez se fabriquen coches más veloces ni para que se construyan infraestructuras donde se pueda correr cada vez más. Pero los accidentes parece que son un pequeño efecto colateral ante el orgullo de pertenecer a un país como el nuestro líder europeo en infraestructuras.
El mito de la velocidad también está presente en las nuevas comunicaciones, el que no tenga ‘banda ancha’ para conectarse a Internet es ya poco menos que un paria desnortado y la necesidad de ‘navegar’ a alta velocidad por la red se está convirtiendo, junto a la pantalla de plasma para ver a los héroes del balón, en una de las nuevas necesidades sociales del país. Si se tarda más de un segundo en acceder a una información en una página web, el impaciente cibernauta abandonará de inmediato con enfado el intento. En vez de demandar que se reduzcan los precios muchas veces abusivos por las conexiones, los ciudadanos, aleccionados por las operadoras que se hacen de oro, demandan que se les aumente la velocidad para poder llegar ¡a los diez, veinte, treinta megas de velocidad de descarga de archivos! Unos archivos de música o video que luego será imposible disfrutar ante la aceleración de la vida. Pero para conseguir esa imprescindible velocidad no se repara en que los espacios públicos se llenen de antenas, cables y demás totems del progreso y en someterlos a todo tipo de radiaciones de consecuencias todavía difíciles de prever en el organismo humano.
Lo que antes se consideraba un tiempo de descanso, las vacaciones, también se impregnan de esta enfermiza aceleración de la vida; hay que buscar como sea tres días para escaparse a Bali o a Acapulco. Para ello nada mejor que apuntarse a los muy propiamente denominados “circuitos turísticos” que ofrecen una visita relámpago a un país exótico de aquellos “en vías de desarrollo” (eso sí, siempre con alguna tarde libre de descanso “para compras”).
En otros órdenes de la vida la rapidez también se impone: nos echan de comer comida rápida, se organizan concursos de pintura rápida, se imparten cursos de lectura rápida y se venden libros para aprender idiomas en una semana (con lo suficiente para poder comprar souvenirs en los circuitos turísticos).
Los medios de comunicación también se alimentan de eso que se llama actualidad, así las noticias aparecen un día y desaparecen al siguiente. A la repentina catástrofe humanitaria le sucede, solapándola, la desgraciada rotura de ligamentos del héroe nacional del balón o la ruptura matrimonial de la famosa de papel couché.
También están de moda los espectáculos deportivos como el automovilismo o el motorismo en los que el principal mérito es circular a mayor velocidad que los demás, vestido de hombre anuncio porque la velocidad es lo vende. Aspectos de la vida como la educación y la cultura que se adquieren con lentitud están hoy en día devaluados ante esta acuciante necesidad de movilidad y rapidez.
Ante esta aceleración que se nos impone en todos los órdenes no estaría de más reivindicar la parsimonia de aquellos lugares, en zonas rurales o en países donde todavía se puede saborear la vida. Y a todo al que trate de meternos prisa sin que haya necesidad de esa premura, responderles con ese popular dicho que tantas veces choca e irrita a los estresados habitantes de las modernas urbes: ¡Qué prisa tienes!