Por: Fernando Sotodosos Ramos

¡Casi nada!: Un obispo seguntino virrey de Nápoles.
Parecerá una incongruencia que un humilde Obispado, cuya capital diocesana nadie sabía en Europa ubicar en el mapa de España, jugase baza en el concierto  intercontinental.
El antiguo Obispado de Sigüenza, aunque eminentemente rural, era muy extenso geográficamente, pues comprendía casi la totalidad de la provincia de Guadalajara y parte de las colindantes Segovia, Soria, Zaragoza y Cuenca.
Por eso el titular era uno de los mayores dezmeros de todos los obispados de la Iglesia española.
Visitantes ilustres extranjeros, que pasaron por la Ciudad, admiraban que una sede que, apenas alcanzaba las cuatro mil almas, produjeran a su prelado la exorbitante renta de 200.000 ducados anuales, lo cual equivalía, para hacerse una idea, al doble del presupuesto anual, para mantener un ejército en pie de armas de 3.000 picas, para salvaguardar el orden en Flandes.
Así se explica que muchos arzobispos, cardenales, gobernadores y virreyes, una vez obtenida la mitra seguntina, la retuviesen hasta la muerte, ¡Menuda bicoca!
El caso es que leyendo el estupendo libro “El Duque de Hierro”, exhaustiva biografía de D. Fernando Álvarez de Toledo, 3º en sucesión de la Casa de Alba, escrito por el académico de la Historia, Manuel Fernández Álvarez, advierto lo siguiente: “El 23 de marzo (de 1555) moría en Roma el papa Julio III. Por ello otra vez se tenía que poner en marcha la máquina pontificia, para elegir nuevo papa (que sería el Cardenal Cervini, como Marcelo II) y la diplomacia española pugnaría porque el nuevo Pontífice fuera uno de los cardenales amigos de España. De ahí la necesidad de que el Cardenal de Sigüenza dejara el gobierno de Nápoles y se trasladase lo más presto posible a Roma.
Por otra parte era evidente que en Nápoles hacía falta más un hombre entendido en armas que no un clérigo…”
Así lo escribe Felipe II a su padre, Carlos I, con fecha de 8 de abril de 1555: “… agora que el Cardenal (de Sigüenza) podrá servir en Roma y la necesidad que en aquel Reino de Nápoles hay de que sea el que estuviera en él sea soldado…”
Mi chauvinismo seguntino (permítaseme el galicismo) me indujo a constatar el episcopologio de la Diócesis de Sigüenza y deduje que se trataba del sexto obispo del siglo XVI, D. Pedro Pacheco.
D, Pedro Pacheco nació en La Puebla de Montalbán, patria chica de Fernando de Rojas, autor de la Tragicomedia de Calixto y Melibea, conocida como  “La Celestina”.
Estudió en Salamanca y muy joven marchó a roma a servir de camarero privado al papa Adriano VI. A partir de aquí comiencza su meteórica carrera eclesiástica.
El P. Fr. Toribio de Minguella y Arnedó, tan pagado de encumbrar a sus predecesores hermanos en el episcopado, escribe en su “Historia de la diócesis de Sigüenza y de sus Obispos”, que procedía de familia noble.
Efectivamente, la nobleza le venía de su abuelo Juan Pacheco,  primogénito de Alfonso Téllez Girón. El primer marqués de Villena, nombrado tras la batalla de Olmedo, que tuvo lugar el día 19 de marzo de 1545. D. Juan fue también conde de Xiquena, Duque de Escalona y Maestre de Santiago. Además ostentó los títulos de Adelantado de Castilla de 1451 a 1456 y el de Merino mayor de Asturias de 1461 a 1462. Es decir que el nieto, nuestro Obispo Pedro Pacheco vino al mundo bien recomendado.
Anteriormente al Obispado de Sigüenza (del 30 de abril de 1554 al 20 de septiembre de 1557) obtuvo los de Mondoñedo (1532 a 1537); Ciudad Rodrigo (1537 a 1539; Pamplona (1539 a 1545); Jaén (1545 a 1554) del cual tuvo que ausentarse para asistir al Concilio de Trento (1545 – 1563) y delegó el gobierno de la diócesis en el Obispo auxiliar, D. Cristóbal de Arguellada. Fueron célebres sus intervenciones en favor de la doctrina de la Inmaculada, cuyo dogma fue proclamado el 8 de diciembre de 1854 por el Papa Pío IX; y, por último de Albano,  de la diócesis de Roma, del 20 de septiembre de 1557 al 5 de marzo de 1560.
Siendo obispo de Jaén fue encumbrado al cardenalato, con el título de Santa Sabina, el día 16 de diciembre de 1545 y el emperador Carlos I le entregó el virreinato de Nápoles, el 3 de junio de 1553, en el cual sucedió a Pedro de Toledo, tío carnal del citado D. Fernando Álvarez de Toledo, III Duque de Alba.
Lo había ganado Alfonso V el Magnánimo, Rey de Aragón, que acudió en defensa del reino de Nápoles y fue adoptado por la Reina Juana II. Este apetitoso paraíso de Europa era una caverna de toda clase de felonías y, aunque vivió allí toda su vida, tuvo que lidiar múltiples asechanzas. Después de cuarenta y dos años de reinado, murió el 27 de junio de 1458, a los sesenta y cuatro años de edad. Sus restos yacen en el monasterio de Poblet (Tarragona) construido por él, para panteón de los reyes de Aragón.
Casi un siglo después una ciudad desconocida, Sigüenza, sonaría en la sensual y pérfida Nápoles.
Al ponerse las cosas mal es cuando el Duque de Alba y Felipe II pensaron en sustituir al Cardenal-obispo de Sigüenza, D. Pedro Pacheco, en el gobierno de Nápoles, por D. Bernardino de Mendoza, el cual “mandaba las galeras de España y era uno de los mejores marinos con los que contaba la Monarquía Católica, en los tiempos de Carlos I, héroe en la batalla de Alborán, frente a los turcos.
D. Pedro Pacheco murió en Roma, el día 5 de marzo de 1560, a los 72 años de edad. Años más tarde su cadáver se llevó a enterrar a su pueblo, donde fueron depositados en el convento de Concepcionistas Franciscanas, fundado por él.