
En el Cerro del Cristo del Picacho
Sin los prolegómenos y las circunstancias que los rodean, los viajes no serían tan emocionantes. La imaginación dibuja bellos escenarios y la realidad los pone luego en su sitio. El día que el embajador de Honduras en España, Doctor José Eduardo Martell, me invitó a conocer su país y a su presidente, José Manuel Zelaya Rosales, para escribir luego su biografía tuve muy claro que ambas cosas merecían la pena. Previamente, un buen amigo y editor me había puesto sobre la mesa del Restaurante Hispano de Madrid media docena de carpetas con documentación sobre la realidad hondureña.
El compromiso de viajar a Honduras se hacía efectivo, con el visto bueno del presidente de la república hondureña y de su delegado en España. Honduras, uno de los países más pobres de Centroamérica, con una tasa de pobreza superior al 60 por 100, se convertía de esta forma para mí en una apasionante aventura humana. Las honduras donde Cristóbal Colón estuvo a punto de perder la vida - y la paciencia, por culpa de las interminables tormentas - me sorprendieron a la vuelta de las vacaciones de Semana Santa.

Junto a Daniel, el conductor, en el casco antiguo de Tegucigalpa.
Tras hacer escala en San José de Costa Rica y pasar la noche en el Hotel Casino Iguazú – aprovechando su cercanía al aeropuerto de Alajuela –, un vuelo de la compañía panameña Copán me llevó al día siguiente hasta la capital de Honduras, Tegucigalpa. El avión buscaba entre valles y montañas el aeropuerto internacional de Tegucigalpa, sobrevolando a baja altura por encima de una nube de pobreza. Los pequeños tejados de cinc conforman un paisaje demoledor. Son el testimonio más elocuente de las enormes desigualdades sociales que existen en esta capital de un millón de habitantes.
En el aeropuerto de Tegucigalpa me espera Daniel, un conductor que trabaja para el Gobierno. Tiene cierto parecido con Cristiano Ronaldo, es comandante del ejército en comisión de servicios, y me anuncia amablemente que estará a mi disposición para cualquier cosa. Y, por supuesto, también para trasladarme cada día desde el lujoso Hotel Marriot, ubicado en el Bulevar Juan Pablo II, a los lugares y destinos donde yo le vaya diciendo. El calor en la capital hondureña es pegajoso, pero se soporta. Esporádicas tormentas de viento y de agua refrescan la temperatura ambiente.
La pobreza se respira en cuanto te alejas unas cuantas cuadras del hotel. “Es mejor que no te muevas sólo por ahí”, me dice el embajador, antes de despedirnos el día de mi llegada. Al día siguiente, me reúno con él y con su hijo para organizar las entrevistas y el trabajo de campo. Nos acompaña el fotógrafo Francisco Rodríguez, buen conocedor de la sociedad hondureña.

El autor (en el centro) con el embajador de Honduras en España, José Eduardo Martell, y su hijo, delante de la catedral nueva de Tegucigalpa
El primer día visitamos el colegio salesiano de San Miguel, donde estudió el presidente y su hermano Héctor. Viejos autobuses esperan a la entrada, mientras en el interior una gran placa da testimonio de la estancia en el colegio del alumno José Manuel Zelaya. Me llama la atención la frase que aparece al pie de la placa: “Porque los frutos cosechados en la madurez de la vida son dulces o amargos, dependiendo de cómo aprovechamos en la juventud el abono de la enseñanza”.
Por la tarde nos reciben en su casa la madre del presidente, la suegra y la hija mayor del actual mandatario hondureño y nos cuentan su vida, nos hablan del presidente y nos muestran el álbum de fotos de la familia. Un guacamayo ameniza la entrevista, colgado de un enorme marañón que da sombra a la casa.
Al día siguiente entrevisto al cardenal de los pobres, Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga, en su humilde residencia de Tegucigalpa, y viajo al Valle de Ángeles, un paraje de exuberante vegetación en el que el presidente tiene alquiladas unas cuadras para sus caballos. También hablo por la tarde con varios ministros del Gobierno, todos ellos militantes del Partido Liberal.
Una de esas tardes tontas, sugiero la posibilidad de ver la nueva catedral de Tegucigalpa y allí que nos vamos. El problema es que estaba ya cerrada y tuvimos que conformarnos con ver la fachada. Mientras tanto, un joven intentó aprovechar nuestro paseo para robar en el todoterreno que llevábamos. Daniel, el conductor, salió corriendo, se echó mano a la pistola que escondía discretamente en la cintura, y sólo pude ver al amigo de lo ajeno dando saltos y gritando enloquecido “no dispares, no dispares”. “Si lo hubiera matado – me dijo después Daniel – tampoco hubiera pasado nada”.
Otro día lo dediqué a conocer Juticalpa, la ciudad del departamento de Olancho en la nació y se crió el presidente. Hablé con su hermano Carlos, viajé a la vecina Catacamas, donde tiene su residencia familiar, y me perdí por el valle de Lepaguare, bordeando extensas tierras de pinos y disfrutando de una naturaleza que apenas se explota, salvo la madera que se amontona en unos cuantos aserraderos.
Honduras es aparentemente rica, pero realmente muy pobre. Para comprobarlo, bastaba visitar la casa de Francisco Rodríguez, el fotógrafo que me acompañó en las entrevistas. En apenas treinta metros cuadrados viven él, su madre, su mujer y sus dos hijos. Allí, en esa casa, junto al Cristo del Picacho, su hijo varón Amílcar, con apenas once años, me dice que de mayor quiere ser presidente de la República. No me extraña.
Cuando despega el avión, de vuelta para España, veo de nuevo desde lo alto la pobreza de la otra Tegucigalpa. No la Tegucigalpa del hotel donde me había alojado, ni la de la residencia y el palacio presidencial de José Manuel Zelaya. En ese momento pienso que tenía razón el cardenal hondureño Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga - buen amigo por cierto de nuestro obispo - cuando me dijo: “Yo no cambiaría esta residencia por un palacio. Aquí somos sencillos y felices, porque estamos con el pueblo. Somos el continente de la esperanza”.
Al fin y al cabo, es lo último que se pierde, hermanos.

En las calles de la ciudad.