Nacido en Barcelona en 1947, Jordi Serra comenzó bien pronto sus escarceos literarios, cuando a los doce años escribió sus primera novela larga, ¡de quinientas páginas! Gran aficionado a la música, pasó años colaborando en diversas publicaciones como comentarista musical, pasando a dirigir el semanario Disco Expres en la ciudad condal. Autor de varios libros de música, pasó con el tiempo al campo de la literatura juvenil, donde ha logrado gran reconocimiento plasmado en más de veinte premios y un sin fin de distinciones, entre los que cabe citar El Gran Angular (tres veces), o el Ateneo de Sevilla. Autor de más de trescientas publicaciones, este polifacético escritor se nos presenta como un auténtico monstruo literario. Entre sus obras mayores podemos citar Los dientes del dragón y Lágrimas de sangre.
Recientemente publicada, Cuatro días de enero es una recreación de los últimos días de la guerra civil en Barcelona, cuando las tropas franquistas se acercan a la ciudad y se produce la desbandada general, rumbo a la frontera con Francia. Son los días 23 a 26 de enero de 1939, y la ciudad a quedado abandonada a su suerte, sin gobierno, funcionarios ni estamento alguno que la controle. El comisario Miquel Mascarell se encuentra solo en su comisaría; sus compañeros han huido ante la eventualidad de las represalias por venir , pero él ha decidido quedarse. Su mujer, Quimeta, está gravemente enferma y no podría resistir un traslado en las precarias condiciones que se presentan. En éstas, aparece una denuncia acerca de la desaparición de una joven, hija de una antigua prostituta. En aquellos días no era extraño desaparecer por unas u otras razones, pero Mascarell profundiza en los hechos y decide llegar hasta el fondo del asunto, intuyendo que no se trata de una desaparición ocasionada por el caos bélico. Muerto de hambre, lleno de desazón, convencido de que será su último encargo como policía, decide resolverlo antes de consumarse la entrada triunfal del ejército vencedor. Las pesquisas le llevan a toparse con la crème de la fantasmal ciudad, altas esferas que andan preparando la llegada de los triunfadores en la guerra, a pesar de la falsa imagen republicana ofrecida durante la contienda.
El relato es excelente, presentando una Barcelona devastada, hundida, en la que los denominadores comunes son, amén de la tristeza y el hambre, el miedo. Éste último elemento domina sobre cualquier otro las interesantes páginas del libro. El miedo provocado por la guerra que en la agonía final alcanza las cotas más altas. La población, indefensa y abandonada por quiénes estaban llamados a protegerla, se consume de hambre y miedo. Tal vez el reflejo de aquella realidad le venga al autor por la imagen del padre, un hombre que, según palabras del autor, vivió con miedo toda su vida. Muy bien expresado el retrato global de la ciudad, la historia consigue ofrecer un leve atisbo si no de esperanza, por lo menos de supervivencia, plasmada en los intervalos de amor que los personajes llevan dentro. Mérito es también el acierto en la elección del personaje, quien en horas convulsas propone el cumplimiento del deber por encima de cualquier egoísmo. Su soledad y la fidelidad a los principios resultan valores también muy estimables. El conjunto alcanza una distinguido resultado de calidad.