Por: Gonzalo Manzanera

Llega a nuestros cines la segunda adaptación cinematográfica de Las Crónicas de Narnia, la saga de libros creada por C.S. Lewis que van más allá de ser un cuento infantil. Lo cierto es que no he leído los libros, error que pienso subsanar en breve, por lo que hablaremos de la película como una obra totalmente independiente.



Aunque aun es pronto para vaticinarlo, quizás encontremos en El Príncipe Caspián la historia más completa y atrayente de este verano. Desde el principio sumerge al espectador de cualquier edad en el mundo de Narnia y, en el transcurso del film, va mostrando una serie de virtudes que la hace mucho mejor que su predecesora, El león, el armario y la bruja.

La mayor virtud y la que hace grande esta película es la exposición que presenta sobre el sentido del ser humano,  la capacidad de éste de aceptar lo que en realidad es y, por encima de todo, en mirar el mundo con otros ojos, es decir, dejarse sorprender. Y todo ello contado a través de una fábula la mar de interesante. No es de extrañar sabiendo el conflicto existencial que tuvo Lewis en su vida y su posterior conversión al cristianismo.

Por eso, cualquiera se puede sentir identificado con el gran dilema de los hermanos Pevensie: después de encontrar un lugar donde eran felices, tienen que volver al mundo real y no depende de ellos el volver, solo les queda esperar. Ante esto, quedan dos opciones, reflejadas en los hermanos Meter y Susan. La de pelearse con el mundo intentando encontrar una salida o la de conformarse y perder la esperanza. Solo Lucy presenta la alternativa de volver al origen, volver a buscar donde una vez lo encontraron. El problema es aprender que, como bien se dice en una parte de la película, “no todo ocurre siempre del mismo modo”.

Ya analizando el trabajo del equipo artístico, es muy interesante y está muy lograda la evolución de los hermanos entre la primera y la segunda película. Todo lo dicho anteriormente lo saben reflejar muy bien William Moseley y Anna Popplewell (los hermanos mayores). Además, el director Andrew Adamson también ha acertado al elegir el personaje del Rey Miraz (Sergio Castellitto) y el resto del reparto internacional. El único que desentona, por no superar las expectativas, es Ben Barnes, haciendo de Caspián.

También hay que decir que, mucho antes de enterarnos que estamos ante una gran historia, lo primero que entra por los ojos son unas localizaciones maravillosas, dignas de las que vimos en El Señor de Los Anillos. De hecho, a diferencia de la primera película, la mayor parte de esta secuela está rodada en exteriores reales, como Nueva Zelanda.

Lo cierto es que toda la ambientación está muy lograda. Desde los personajes mitológicos hasta aquellos creados en 3D son totalmente creíbles. En cuanto a la Banda Sonora también esta muy bien elegida, salvo la última canción, que parece sacada con calzador.

En definitiva, esta es una de las sorpresas de un verano muy prometedor. No decepcionará ni a niños ni a mayores, No solo eso, si no que también puedes salir con una lección sobre la vida aprendida.