Por: Redacción

IX Jornadas Medievales de Sigüenza Pregón 2008

 
 
Queridos amigos, queridos paisanos:

Lo primero, dar las gracias por confiar en este humilde escribano la noble tarea de pregonar las IX Jornadas Medievales de Sigüenza. Han pasado por este mismo sitio personas lo suficientemente queridas y respetadas por un servidor como para sentir en el cogote un aliento de responsabilidad. También de emoción porque, para los que somos de Guadalajara, echar un pregón en Sigüenza resulta una tarea más que relevante. Y para los que somos de Guadalajara, y de la Sierra por más señas, la cosa pasa a mayores. Sea como fuere, se trata de una extraordinaria devoción.

Mi eterno agradecimiento, por tanto, a la Asociación Medieval Seguntina y a todos los organizadores de esta cita por dejarme ser hoy Pregonero Mayor del Pueblo. Palabras, por cierto, que encierran el acervo cultural y la base social en que se asienta esta fiesta del medievo. Palabras sencillas que sugieren una feliz retroalimentación entre la historia y sus depositarios, es decir, todos nosotros. Y es posible que para los que somos periodistas quizá no se invente una definición más precisa y agradable. Pregonero y además del pueblo. Ese es el objetivo, pero también el punto de partida en cualquier proceso de la comunicación. No está claro que siempre se cumpla. Lo que también es cierto es que no todos lo intentan.

Amigos, Sigüenza es una de las cunas medievales. Por ello es probable que no exista un lugar más indicado en toda la provincia, acaso en toda España, para organizar unas jornadas dedicadas a su exaltación. Es probable que no haya otro sitio con las callejas, las plazuelas y los rincones más idóneos para recrear el medievo, escuchar su música y admirar sus vestimentas. Sigüenza tiene resabios medievales por los cuatro costados. No sólo en la catedral o en el castillo, sus figuras emblemáticas, sino en los pequeños recovecos donde, como escribió Camilo José Cela, “crece lozana la airosa flor de la poesía”. El Nóbel gallego lo decía por Guadalajara, por toda la provincia, pero sirva como metáfora para retratar Sigüenza, que es el paradigma del arte y la historia de nuestra tierra.

El primer recuerdo que tengo de Sigüenza me retrotrae a la época de niño. La infancia, ese paraíso perdido del que hablaba García Lorca. Cada año, invariablemente, mi familia y yo pasábamos por aquí camino de nuestro pueblo. En verano o en Semana Santa. No era un ritual privado. Era lo mismo que hacían, y siguen haciendo, centenares de familias de las Serranías. Nunca olvidamos parar en Sigüenza. Comer en sus restaurantes. Comprar. Sentarse en la Alameda. La imagen que tengo clavada de la ciudad, desde pequeño, me lleva a la cuesta de la Solana, en la carretera de Palazuelos. Desde allí se contempla, bien lo sabéis, todo Sigüenza. Su caserío. Sus campos. Los perfiles de la catedral y el castillo sobresalen entre las travesañas. Se observa el yermo páramo del que hablaba Ortega. Se atisba la siega en verano y las nieves en invierno. Quizá ahora, en estos momentos, alguien esté mirando de frente al pueblo, prendado de la riada humana de una fiesta que nos remonta varios siglos.

Muchas veces he pensado después en las huellas medievales de esta Sigüenza por la que, afortunadamente, sí pasa el tiempo. La estampa es idéntica a la de la infancia. El continente permanece inamovible. El contenido ha cambiado. Los asaltos al castillo ya no son de ningún guerrero. Tal vez de turistas. Pero los turistas, a diferencia de los guerreros, dejan más ingresos. Tampoco hay destierros. Ahora regresan los visitantes y hasta los muleros, los carpinteros, los profesores o cualquier hijo del pueblo que hace cuatro décadas tuvo que marchar. Doña Blanca, estoy seguro, sentiría este lugar como su morada, no como una condena. Y entonces podríamos cambiar los versos de la historia. Hay una composición que dice:

Prisionera y repudiada
que de castillo en castillo fue.
Sufriendo injusta condena,
por causa de los amores,
de Don Pedro de Castilla
con una dama gentíl
que se llama la Padilla
 

El destierro de Doña Blanca, hija del Duque de Borbón y sobrina del rey de Francia, es la base empírica que alienta estas jornadas medievales. Estuvo encarcelada aquí desde 1355 hasta 1359. Cuatro años. Después la trasladaron a Jerez de la Frontera mientras su marido, el rey Pedro I el Cruel, se alojaba en el castillo de Urueña, en Valladolid, junto a su amante María de Padilla. Qué cosas tiene la historia y el turismo. El castillo de Urueña cobija hoy una de las fundaciones etnológicas más importantes del país, la del folklorista Joaquín Díaz. Y el castillo de Sigüenza, a la vista está, alberga en sus muros uno de los paradores de turismo con más encanto. Por lo que se ve, algo sí hemos mejorado en este país.

La reina Doña Blanca murió cuando tan sólo tenía 22 años. Es un homenaje precioso a su figura, y a todo lo que Sigüenza vivió en aquella época, rememorar el pasado con estos festejos. Y da gozo y alegría pasear ahora por las calles y las plazas seguntinas. Comprobar vuestro tesón en rescatar viejos pasajes que han esculpido el pasado de esta villa, quizá con el mismo cincel que el de Martín Vázquez de Arce. Por eso hay que celebrar este desfile singular de una ciudad engalanada como en el medievo, con mercados donde se paga con maravedí (puede que nos salga más barato que el euro), con caballeros vestidos a base de capa y gorro, con doncellas ataviadas con trajes solemnes, con dulces y yemas, con música de los juglares de nuestro tiempo y hasta con algunos villanos intentando asaltar el castillo donde permanece recluido, perenne, el espíritu de la reina de Castilla.

Sigüenza es fantasía y realidad del medievo. También es sinónimo de cultura. El reinado de Pedro I el Cruel, tan sangriento en otras cosas, fue fructífero para las artes y las letras. Al menos eso dicen sus historiadores. Así que incluso al culpable del castigo de nuestra admirada Blanca de Borbón habría que invitarle a estos jolgorios del siglo XXI. Quizá el monarca mejor que nadie podría comprobar el cambio experimentado por Sigüenza a lo largo de los años. Su transformación urbana y sus procesos de migración. Sus cambios sociales. El revolcón que ha dado esta provincia en muy pocas décadas desde que, a principios de siglo, Pío Baroja retratara una Sigüenza con “tipos castellanos de capa parda, sombrero ancho, medias de lana o abarcas, y mendigos andrajosos con sucios morrales a la espalda y blancos cayados en la mano, estudiantes de cura con manteo y tricornio, viejas con refajos de colores vivísimos”. Díganme: ¿Ha cambiado o no ha cambiado esta ciudad?

Sigüenza, como todas las comarcas interiores de la meseta española, sufrió el zarpazo de la despoblación, que no por conocido debe olvidarse. Fueron miles los seguntinos que partieron viaje. El censo empobreció y las pedanías de esta ciudad, que son como los barrios románticos que tienen todas las grandes urbes del planeta, quedaron escuálidas. Falta gente. Faltaba y sigue faltando. Se necesita más movimiento, más trabajo y muchos más niños corriendo por nuestras calles. Pero, de un tiempo a esta parte, Sigüenza está demostrando que a la realidad no hay que perderle la cara y que los dolores de cabeza no se solucionan con lamentos. Es notable el trabajo de todos los que estáis aquí viviendo por recuperar el pulso, mitad barroco, mitad renacentista, de este lugar tan majestuoso. No es fácil. Lo sé. Lo sabemos todos. Pero merece la pena intentarlo. No sólo por Sigüenza, sino por toda la provincia, cuyos destinos estarán ligados de por vida.

Porque Sigüenza no pertenece sólo a los seguntinos. Existen muchas generaciones de gentes venidas de todas las partes de Guadalajara que han recalado en esta ciudad, o que la sienten como propia. De la capital, de la Alcarria, del Señorío y de toda la Sierra desde Villacadima, en los confines de nuestra raya con Soria, hasta los pinares del Ducado, tan tristes desde hace tres años. Desde los altos de Barahona, la Riba y Paredes hasta Saúca. Desde Alcolea hasta Campisábalos. De alguna forma, todos los pueblos están en ella y de ella participan. Eso es un título del que no puede presumir ninguna otra población en la provincia. Si Madrid es el rompeolas de todas las Españas, Sigüenza lo es de todas las serranías. Sigüenza está hecha como su catedral: con una mezcla de estilos y culturas que han conseguido macerar un patrimonio inigualable. Y no sólo artístico. También social, en la calle, en el rostro de una población que se ha moldeado a los nuevos vientos. Sobre todo en una era donde la comprensión de culturas y el mestizaje de pensamientos y de costumbres forman parte de nuestro paisanaje diario. Ojalá que lo siga siendo por mucho tiempo.

Lo que sí está claro es que esta tierra ya no es aquella pobre tierra por la que clamaba, en 1938, Ortega y Gasset. “¿Habrá algo más pobre en el mundo?”, se llegó a preguntar el filósofo. Son palabras que ahora, pasados justo 70 años, no podría volver a pronunciar. El legado de aquella Sigüenza antañona y atrasada, a pesar del ferrocarril, era puramente medieval. Lo de ahora es otra historia. Otro siglo. Quizá otro mundo. Persisten muchos quebraderos de cabeza porque que tire la piedra el primer pueblo que no acumule problemas. Pero se ha vencido el derrotismo. Y eso ya es mucho.    Aquellas “tierras trágicas” de Sigüenza, según la denominación de Unamuno, han dejado de ser menos trágicas y miran al futuro sin perder de vista el pasado. Por eso, cuando nos quitan un tren, protestamos. Por eso, cuando queremos vender los encantos de la ciudad, recurrimos a su historia. Y por eso estamos hoy aquí.  

Hay quien ama a las piedras y quien ama a las almas. Sigüenza tiene ambas cosas para al final terminar amando la vida. La vida que representa la Ciudad del Doncel y estas jornadas medievales que disfrutamos entre todos. Sigüenza es el pinar y la Pinarilla. Sigüenza es el rosetón de la catedral. Sigüenza son los páramos achaparrados que circundan los sotos del Henares. Sigüenza es una estampa desde la Ronda saliendo por la Puerta del Toril. Sigüenza es un vermú entre amigos, a la sombra de un álamo o en un kiosco del parque. Sigüenza es un atardecer varado entre las Travesañas. Todo eso es Sigüenza, bien lo sabéis vosotros. Todo eso y mucho más. Ya lo cantaba Juderías: Sigüenza, tierra bravía, cuarenta bares y una sola librería.

Lo que quiero decir es que la ciudad no es un mar pétreo que permanece inalterable. Todo lo contrario. Es una entidad viva que palpita al mismo ritmo que sus gentes. De vosotros depende que esta ciudad, y estas jornadas medievales, sigan siendo un referente para la cultura y el turismo de Guadalajara. Aunque estoy seguro que, con vuestro coraje, no les faltará futuro.

He venido aquí a pregonar estas jornadas e invitar al alborozo, y ya voy acabando porque me está quedando algo largo. Apelo a vuestra paciencia. Mi cometido es animaros a vivir estas jornadas medievales. Que salgáis a la calle y os echéis, como me gusta hacer a mí, unos bailes ancestrales. Que abarrotéis las plazas y compréis en el mercadillo. Que os apasionéis con las justas medievales. Que paseéis por la calle Mayor abajo y escuchéis las melodías de un tiempo que, por derecho propio, pertenece a este poblachón castellano. Os animo a gozar estas jornadas, al menos, con la misma pasión que por San Roque. Buen comer, buen beber, buena amistad, buena compañía y muchos maravedíes.

Desde esta plaza señorial os reitero la deuda de gratitud que contraigo con estas jornadas y con esta ciudad. Algo impagable que sólo puedo intentar devolver con mi compromiso de ayudar, desde la humildad de la palabra, a seguir difundiendo los encantos de Sigüenza y de sus jornadas medievales. Ya sea en un periódico, en una revista, en una emisora de radio y televisión o en una humilde hoja parroquial.

En nombre de Doña Blanca de Borbón, de su marido Pedro I el Cruel, de la Corona de Castilla, de Duglesclin, de Enrique de Trastámara, de María de Padilla y del ballestero Juan Pérez Rebolledo, os invito a esta exaltación medieval que nos permite alimentar el espíritu de la alegría.

Sin ánimo de dar réplica a nadie ni establecer comparaciones. Y sólo por acabar de la misma guisa que el obispo Pedro Gómez Barroso, aunque mucho más prosaico, proclamo: “Aquí, servidor, un serrano orgulloso de su tierra y sus gentes, en el año de Nuestro Señor de 2008, doy por pregonadas las IX Jornadas Medievales seguntinas”. 

¡Viva Sigüenza!
 
Raúl Conde
Sigüenza, 12 de julio de 2008
 
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Valoración y datos

 Sigüenza ha lucido, más linda que nunca, sus encantos históricos y su patrimonio cada vez más valorado a la multitud de turistas que se han acercado, en muchos casos vestidos también de época, a presenciar las IX Jornadas Medievales. Caballeros y caballos,  puestos medievales, tragicomedias, cetreros y músicas de otras épocas han hecho viajar en el tiempo a las bellas calles de la ciudad hasta épocas lejanas, cuya recuperación para el presente es uno de los objetivos fundamentales que se ha propuesto el Ayuntamiento seguntino. “Hemos hecho mucho, pero todavía vamos a hacer mucho más para poner en valor nuestro pasado, y para que la tradición y la historia de la ciudad sean también un activo para los seguntinos de hoy”, ha dicho esta mañana Francisco Domingo, Alcalde de Sigüenza. El regidor ha destacado la presencia de los 140 puestos medievales que han expuesto sus viandas y mercaderías en unas Jornadas que se han consolidado como Fiesta de Interés Turístico Provincial y que cada año van a más. “En mi opinión merecen ya, sobradamente, ser reconocidas como Fiesta de Interés Turístico Regional”, ha dicho el alcalde. Domingo ha agradecido también el apoyo del público al evento y de los seguntinos, que se han volcado, como siempre, en su organización: “Más de 1000 seguntinos se han disfrazado de época. La coordinación de la Policía Local de la Guardia Civil y de la Agrupación de Protección Civil seguntina, que ha contado con la participación de voluntarios de otras localidades como la de Uceda, ha sido perfecta en la regulación del tráfico, aparcamiento y en todos los aspectos relativos a la seguridad para que todo haya transcurrido con normalidad y para que la gente se divierta, que de eso se trata y como creo que así ha sido hasta ahora”.

 

El primer edil ha dedicado también unas palabras de felicitación a la Asociación Medieval y a su presidente Jaime Gómez Olalla por “la enorme labor de organización que desempeñan para llevar a cabo estas magníficas Jornadas que nos convierten, junto al resto de iniciativas que emprendemos en este sentido a lo largo del año como el Tren Medieval o el Festival Internacional de Jazz o la próxima presentación en la Expo de Zaragoza de la Red de Ciudades y Villas Medievales, en referente turístico a nivel nacional”.

 

Todas las representaciones y actividades del programa de las Jornadas han sido ampliadas o iniciadas en la constante innovación y renovación que caracteriza a estas jornadas seguntinas. Como cada año el momento cumbre en la mañana del domingo ha sido la representación del destierro de Doña Blanca de Borbón, quién volvió a revivir su desdicha y también a contar con el eterno ya calor de los seguntinos en una teatralización que cada año está más lograda. “El encanto principal es que la representación corre a cargo de miembros de la propia Asociación Medieval Seguntina”, ha destacado Domingo.

 

Ayer sábado se llenó por primera vez en la historia la plaza de Toros de Sigüenza para ver las justas y torneos medievales. En su valoración de esta mañana el Alcalde no ha querido dejar de mencionar también al personal del Ayuntamiento que se encarga de organizar y patrocinar junto con la Asociación un evento que requiere de un gran esfuerzo de coordinación, de infraestructuras y de regulación del tráfico.

 

También Jaime Gómez Olalla, presidente de la Asociación Medieval Seguntina desde hace nueve años que son los mismos que se llevan celebrando las Jornadas Medievales, se mostraba feliz esta mañana al concluir su interpretación en el destierro de doña Blanca: “Poco a poco vamos mejorando los actos del programa, siempre teniendo en cuenta que procuramos no hacerlos demasiado largos y no cansar al público”. La Asociación Medieval sigue aumentando su número de socios, que ya se eleva por encima de los 500.